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76

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España
Ciudad
Sevilla
Miguel González Rodríguez

Miguel González Rodríguez

SEÑOR, TÚ ME CONOCES

Tú, Señor, me conoces.
Conoces mi vida y mis entrañas,
mis sendas y mis sueños,
mis idas y mis vueltas,
mis dudas de siempre.
Tú eres, a pesar de mis fallos,
el Señor de mis alegrías y de mis penas.

Déjame estar en tu presencia.
Sosiégame.
Serena mi espíritu.
Abre mis sentidos.
Lávame con agua fresca.
Vísteme como a un hijo y háblame.

Haz posible lo imposible:
compromete mi vida
con un amor fuerte y responsable,
fiel –como el tuyo conmigo-
a los últimos, a los pobres, a los hermanos
en los que Tú, Señor, estás presente.

Florentino Ulibarri.

“Jesús quiere despertar en los hombres la fe, pero lo quiere respetando siempre la dignidad del hombre, porque en la búsqueda misma de la fe está ya presente una forma de fe”

San Juan Pablo II.
- Hace menos de un minuto
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  • Sábado, 06 Octubre 2012 15:47
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  • SEÑOR, TÚ ME CONOCES

    Tú, Señor, me conoces.
    Conoces mi vida y mis entrañas,
    mis sendas y mis sueños,
    mis idas y mis vueltas,
    mis dudas de siempre.
    Tú eres, a pesar de mis fallos,
    el Señor de mis alegrías y de mis penas.

    Déjame estar en tu presencia.
    Sosiégame.
    Serena mi espíritu.
    Abre mis sentidos.
    Lávame con agua fresca.
    Vísteme como a un hijo y háblame.

    Haz posible lo imposible:
    compromete mi vida
    con un amor fuerte y responsable,
    fiel –como el tuyo conmigo-
    a los últimos, a los pobres, a los hermanos
    en los que Tú, Señor, estás presente.

    Florentino Ulibarri.

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    Tú eres, a pesar de mis fallos,
    el Señor de mis alegrías y de mis penas.

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    Sosiégame.
    Serena mi espíritu.
    Abre mis sentidos.
    Lávame con agua fresca.
    Vísteme como a un hijo y háblame.

    Haz posible lo imposible:
    compromete mi vida
    con un amor fuerte y responsable,
    fiel –como el tuyo conmigo-
    a los últimos, a los pobres, a los hermanos
    en los que Tú, Señor, estás presente.

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    el Señor de mis alegrías y de mis penas.

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    Lávame con agua fresca.
    Vísteme como a un hijo y háblame.

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    fiel –como el tuyo conmigo-
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    en los que Tú, Señor, estás presente.

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    el Señor de mis alegrías y de mis penas.

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    Abre mis sentidos.
    Lávame con agua fresca.
    Vísteme como a un hijo y háblame.

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    San Juan Pablo II.
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  • CÁNTICO DE ISAÍAS

    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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  • CÁNTICO DE ISAÍAS

    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
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    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
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    alégrate gozoso, alégrate alaba
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    al Santo de Israel, al sólo Santo
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    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
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    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
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    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
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    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
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    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

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    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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  • CÁNTICO DE ISAÍAS

    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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  • CÁNTICO DE ISAÍAS

    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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  • CÁNTICO DE ISAÍAS

    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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  • CÁNTICO DE ISAÍAS

    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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  • CÁNTICO DE ISAÍAS

    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

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  • CÁNTICO DE ISAÍAS

    Siempre os daré, Señor, eternas gracias,
    siempre confesaré vuestras grandezas
    y siempre alabaré vuestras piedades,
    pues justamente contra mí indignado,
    contra mí justamente embravecido,
    desde el instante que la culpa ingrata
    de mis primeros padres os dio en rostro,
    porque cuando llegó el dichoso tiempo,
    de mí con vivas ansias esperado,
    templasteis los enojos y las sañas,
    y en piedades de Dios las convertisteis
    con tan grande bondad, que por vos mismo
    me consolasteis en mis aflicciones
    y desahogasteis en mis desconsuelos.

    Por lo cual confiado diré a voces:
    Mirad cómo el Señor, que justamente
    hasta aquí contra mí estaba enojado,
    es ya quien me defiende y quien me ampara,
    y que a mi Salvador tengo conmigo,
    conmigo está, y estando de mi parte,
    cuanto animoso viviré seguro;
    porque con él, ¿qué habrá que temer pueda?
    ¿Qué habrá que temer pueda, cuando miro
    que es Dios mi defensor y mi defensa,
    mi escudo y fortaleza incontrastable?

    Venid, hombres; venid, hombres sedientos,
    venid, que el Salvador es todo fuentes,
    de cuyas venas siempre inagotables
    manan perennes dones y favores,
    copiosos bienes, abundantes gracias;
    venid, devotos, y sacad alegres
    de ellas sus abundancias y dulzuras,
    satisfaréis la sed insaciable;
    en fin, en fuentes como de agua viva,
    aguas que hartaros puedan sin hartaros,
    y diréis en aquel dichoso día:
    Alabad al Señor y bendecidle,
    confesadle por Dios y engrandecedle,
    invocad, invocad su santo nombre,
    y con alegres voces celebradle.

    Y tú, congregación de sus fieles,
    amado pueblo, morador dichoso
    del monte Sión, sagrado monte,
    alégrate gozoso, alégrate alaba
    con repetidos himnos y canciones
    al Santo de Israel, al sólo Santo
    y santificador, Dios poderoso,
    Dios grande, Dios inmenso y admirable,
    pues en medio de ti ves que le tienes,
    como pastor en medio del rebaño,
    en medio su familia como padre,
    y como Rey en medio de su reino;
    echadle mil gloriosas bendiciones,
    reconocidos a sus largos dones.

    José de Valdivieso.

    “Padre Eterno, bendita sea la hora que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que Yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos. Como estará conmigo, aun cuando yo esté crucificado”

    San Manuel González.
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  • TRAS MI VENTANA

    La sombra se ha puesto un traje
    de azul cobalto y de viento,
    de viento sonando a luces:
    rostros tras vidrios abiertos.

    La luna de puro blanca
    se quedó sola en el cielo
    y se rompió en la campiña
    en trozos de leche y miedo.

    Hay un aroma cortante
    con sabor a pino y cedro,
    hay una pena temblando
    entre los pliegues del tiempo.

    Los hombres se habrán dormido,
    rotos los gastados miembros,
    acurrucando esperanzas
    o mascullando deseos.

    El rechinar de los grillos
    y ese murmullo tan quieto
    de la noche se deslizan
    con el latir del destierro.

    Yo me he quedado contigo,
    velando tus sentimientos.

    Pedro Miguel Lamet.

    Relájate.
    Permítete a ti mismo ser como eres.
    Sosiégate.
    Entonces podrás seguir avanzando
    por el camino
    que has emprendido.
    Pero ahora disfruta de la calma.
    Entra en sintonía contigo mismo.
    A quien está en sintonía consigo mismo
    nada le arrebata ya el sosiego.

    Anselm Grün.
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  • TRAS MI VENTANA

    La sombra se ha puesto un traje
    de azul cobalto y de viento,
    de viento sonando a luces:
    rostros tras vidrios abiertos.

    La luna de puro blanca
    se quedó sola en el cielo
    y se rompió en la campiña
    en trozos de leche y miedo.

    Hay un aroma cortante
    con sabor a pino y cedro,
    hay una pena temblando
    entre los pliegues del tiempo.

    Los hombres se habrán dormido,
    rotos los gastados miembros,
    acurrucando esperanzas
    o mascullando deseos.

    El rechinar de los grillos
    y ese murmullo tan quieto
    de la noche se deslizan
    con el latir del destierro.

    Yo me he quedado contigo,
    velando tus sentimientos.

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    por el camino
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  • TRAS MI VENTANA

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    de azul cobalto y de viento,
    de viento sonando a luces:
    rostros tras vidrios abiertos.

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    se quedó sola en el cielo
    y se rompió en la campiña
    en trozos de leche y miedo.

    Hay un aroma cortante
    con sabor a pino y cedro,
    hay una pena temblando
    entre los pliegues del tiempo.

    Los hombres se habrán dormido,
    rotos los gastados miembros,
    acurrucando esperanzas
    o mascullando deseos.

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    de la noche se deslizan
    con el latir del destierro.

    Yo me he quedado contigo,
    velando tus sentimientos.

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  • TRAS MI VENTANA

    La sombra se ha puesto un traje
    de azul cobalto y de viento,
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    rostros tras vidrios abiertos.

    La luna de puro blanca
    se quedó sola en el cielo
    y se rompió en la campiña
    en trozos de leche y miedo.

    Hay un aroma cortante
    con sabor a pino y cedro,
    hay una pena temblando
    entre los pliegues del tiempo.

    Los hombres se habrán dormido,
    rotos los gastados miembros,
    acurrucando esperanzas
    o mascullando deseos.

    El rechinar de los grillos
    y ese murmullo tan quieto
    de la noche se deslizan
    con el latir del destierro.

    Yo me he quedado contigo,
    velando tus sentimientos.

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  • TRAS MI VENTANA

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    de azul cobalto y de viento,
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    y se rompió en la campiña
    en trozos de leche y miedo.

    Hay un aroma cortante
    con sabor a pino y cedro,
    hay una pena temblando
    entre los pliegues del tiempo.

    Los hombres se habrán dormido,
    rotos los gastados miembros,
    acurrucando esperanzas
    o mascullando deseos.

    El rechinar de los grillos
    y ese murmullo tan quieto
    de la noche se deslizan
    con el latir del destierro.

    Yo me he quedado contigo,
    velando tus sentimientos.

    Pedro Miguel Lamet.

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    Sosiégate.
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    que has emprendido.
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    de azul cobalto y de viento,
    de viento sonando a luces:
    rostros tras vidrios abiertos.

    La luna de puro blanca
    se quedó sola en el cielo
    y se rompió en la campiña
    en trozos de leche y miedo.

    Hay un aroma cortante
    con sabor a pino y cedro,
    hay una pena temblando
    entre los pliegues del tiempo.

    Los hombres se habrán dormido,
    rotos los gastados miembros,
    acurrucando esperanzas
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    El rechinar de los grillos
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    con el latir del destierro.

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    que has emprendido.
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    de azul cobalto y de viento,
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    La luna de puro blanca
    se quedó sola en el cielo
    y se rompió en la campiña
    en trozos de leche y miedo.

    Hay un aroma cortante
    con sabor a pino y cedro,
    hay una pena temblando
    entre los pliegues del tiempo.

    Los hombres se habrán dormido,
    rotos los gastados miembros,
    acurrucando esperanzas
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    Yo me he quedado contigo,
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    Sosiégate.
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    que has emprendido.
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