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Julio Hernández

Julio Hernández

DÁME TU VALENTÍA, SEÑOR

Así, cuando tenga que decir un “sí”
no lo cambie cobardemente por el “no”
o por el miedo al qué dirán.

¡Sí; Señor! Otórgame ese valor que sólo la fe da:
La que nos hace brindar por un mundo mejor.
La que nos hace soñar con un corazón nuevo.
La que, huyendo del egoísmo personal,
nos hace descubrir la grandeza de tu amor.
Infúndeme esa valentía
que sólo tu Palabra transmite:

La que nos hace combativos en la lucha.
La que nos levanta el aparente fracaso.
La que es coraza frente al enemigo.
La que es arma y escudo frente al adversario.

Ofréceme esa bravura que me inspira tu presencia:

Para que nunca, en el combate,
me sienta sólo ni desamparado.

Para que, ante las burlas,
recuerde que, Tú, también fuiste ridiculizado.

Para que, ante las incomprensiones,
no olvide que, Tú, también fuiste rechazado.

¡Sí; Señor! ¡Dame entereza en la lucha!

Para que nunca diga ¡basta!
Para que huya del derrotismo que todo lo asola.

Para que avance y nunca retroceda.

Para que ofrezca al Evangelio
mi voz que anuncie y denuncie
lo que en el mundo tantas veces se olvida:

Tú, tu amor, tu justicia, tu paz,
tu Reino, tu voluntad y tu ternura.

Amén
- Hace 3 días
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  • Miércoles, 06 Febrero 2013 00:50
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  • DÁME TU VALENTÍA, SEÑOR


    Así, cuando tenga que decir un “sí”
    no lo cambie cobardemente por el “no”
    o por el miedo al qué dirán.

    ¡Sí; Señor! Otórgame ese valor que sólo la fe da:
    La que nos hace brindar por un mundo mejor.
    La que nos hace soñar con un corazón nuevo.
    La que, huyendo del egoísmo personal,
    nos hace descubrir la grandeza de tu amor.
    Infúndeme esa valentía
    que sólo tu Palabra transmite:

    La que nos hace combativos en la lucha.
    La que nos levanta el aparente fracaso.
    La que es coraza frente al enemigo.
    La que es arma y escudo frente al adversario.

    Ofréceme esa bravura que me inspira tu presencia:

    Para que nunca, en el combate,
    me sienta sólo ni desamparado.

    Para que, ante las burlas,
    recuerde que, Tú, también fuiste ridiculizado.

    Para que, ante las incomprensiones,
    no olvide que, Tú, también fuiste rechazado.

    ¡Sí; Señor! ¡Dame entereza en la lucha!

    Para que nunca diga ¡basta!
    Para que huya del derrotismo que todo lo asola.

    Para que avance y nunca retroceda.

    Para que ofrezca al Evangelio
    mi voz que anuncie y denuncie
    lo que en el mundo tantas veces se olvida:

    Tú, tu amor, tu justicia, tu paz,
    tu Reino, tu voluntad y tu ternura.

    Amén
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  • De rodillas, Señor, ante el sagrario,
    que guarda cuanto queda de amor y de unidad,
    venimos con las flores de un deseo,
    para que nos las cambies en frutos de verdad.

    Cristo en todas las almas,
    y en el mundo la paz.

    Cristo en todas las almas,
    y en el mundo la paz.

    Como ciervos sedientos que van hacia la fuente,
    vamos hacia tu encuentro, sabiendo que vendrás;
    porque el que la busca es porque ya en la frente
    lleva un beso de paz, lleva un beso de paz.

    Como estás, mi Señor, en la custodia
    igual que la palmera que alegra el arenal,
    queremos que en el centro de la vida
    reine sobre las cosas tu ardiente caridad.

    Cristo en todas las almas,
    y en el mundo la paz.

    Cristo en todas las almas,
    y en el mundo la paz.

    Amén.
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  • "No; yo no dejo la tierra.
    No; yo no olvido a los hombres.
    Aquí, yo he dejado la guerra;
    arriba, están vuestros nombres."

    ¿Qué hacéis mirando al cielo,
    varones, sin alegría?
    Lo que ahora parece un vuelo
    ya es vuelta y es cercanía.

    El gozo es mi testigo.
    La paz, mi presencia viva,
    que, al irme, se va conmigo
    la cautividad cautiva.

    El cielo ha comenzado.
    Vosotros sois mi cosecha,
    El padre ya os ha sentado
    conmigo, a su derecha.

    Partid frente a la aurora.
    Salvad a todo el que crea.
    Vosotros marcáis mi hora.
    Comienza vuestra tarea.
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  • ENSEÑAME, SEÑOR, A GUARDAR


    Tus mandamientos,
    para que otros no me impongan sus ideas.

    Tus preceptos,
    para que nadie me cambie el sentido de las cosas.

    Tus Palabras,
    para que no me confundan otras totalmente vacías.

    Tus obras,
    para que no me seduzcan los que hablan
    y no hacen nada.

    Tus consejos,
    para que sepa distinguir el camino cierto del equivocado.

    Tu mirada,
    para que cuente hasta diez,
    antes de abandonar el sendero de la fe.

    Tu Eucaristía,
    para que sienta cómo desciende
    la fuerza del Espíritu Santo.

    Tu Ley,
    para que sepa diferenciarla de aquellas otras leyes caprichosas y falsas.

    Tu esperanza,
    para que no puedan más en mí, las dificultades que mi afán de dar a conocerte.

    Tu iglesia,
    para que cuando vuelvas,
    la encuentres guardando con respeto,
    vida y veneración la gran joya
    de tus mandamientos.

    Amén
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  • POR TU CAMINO, SEÑOR

    Aunque me tiemble el pulso,
    seré de los tuyos, anunciaré tu Palabra
    apoyaré, con mis débiles fuerzas,
    la Verdad que tu camino me indica.

    POR TU CAMINO, SEÑOR

    Creeré y esperaré en la eternidad que me brindas.
    Soñaré que, más allá de la noche incierta,
    aguarda un paraíso de felicidad y de plenitud.

    POR TU CAMINO, SEÑOR

    Entenderé que, más allá de la casa en la tierra,
    me esperas con un sitio cerca del Padre
    volverás para cumplir, como siempre lo haces,
    con tus promesas que superan
    las nuestras, humanas, caducas y falsas .

    POR TU CAMINO, SEÑOR

    Descubriré que, avanzando Tú por delante,
    eres la vía que lleva al rostro del Padre
    eres el sendero iluminado por el Espíritu Santo
    eres Aquel que, cuando se mira,
    encuentra frente a frente al que en el cielo espera.

    POR TU CAMINO, SEÑOR

    Te veremos y cantaremos la grandeza de creer en Ti.
    Te conoceremos y, contigo, sabremos de Dios.
    Te conoceremos y, contigo, viviremos en Dios.
    Te conoceremos y, contigo, marcharemos al Padre.
    Viviremos y, viviendo contigo,
    sentiremos que vivimos Aquel que te envió.

    Oración: P. Javier Leoz
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  • ¡Oh abogada y patrona nuestra, María!
    Oh Pastora de los bienaventurados
    que como justas ovejas gozan en el cielo,
    dichosas, vuestras soberana presencia
    porque vinieron, siguieron vuestros pasos
    con la virtud de la caridad.

    Te ruego me concedas la petición que te hago
    con toda fe de mi corazón puesta en ti
    y sabiendo que recibiré tui ayuda
    porque tu misericordia es infinita
    y no dejaras a ninguna oveja de tu rebaño
    sufrir y pasar calamidades.

    Obrad en mi la singular maravilla,
    que aborreciendo el odio y la envidia,
    arda en mi pecho y en mi alma,
    la virtud de la caridad con mi prójimo,
    para ser digna oveja de vuestra dichosa grey,
    como lo son en el cielo todos los bienaventurados.
    Amén
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  • QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

    Porque el camino por donde avanzamos
    son kilómetros sin luz y con tropezones.
    Porque, sin Ti, es difícil reconocer y alcanzar
    la paz y la felicidad que necesitamos.
    Porque, sin Ti, el pan de cada día
    se hace duro de masticar y desagradable al paladar.

    QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

    Porque, sin Ti, es huérfano nuestro caminar
    triste nuestro canto e insípido nuestro existir.
    Porque, sin Ti, la vida no es vida
    y, la muerte, el triunfadora sobre nuestra suerte.

    QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

    Porque, para vivir, necesitamos verte.
    Porque, para no fracasar,
    es bueno que camines a nuestro lado
    y compartas nuestras ilusiones y nuestros sueños
    y te hagas sabedor y conocedor
    de nuestras dudas y fracasos.

    QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

    Para volver de lo antiguo a lo nuevo.
    Para regresar de los caminos equivocados.
    Para llevar esperanza a un mundo perdido.
    Para que, la noche de la fe,
    dé lugar al esplendor de la luz del día.

    QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

    Porque anochece si, Tú,
    no eres el sol que nos ilumina.
    Porque atardece si, Tú, no eres la luz que nos guía
    Porque ennegrecen nuestros días si, Tú,
    no les das paz, fuerza y armonía.

    QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

    Para que la tristeza sea amordazada
    por la alegría de la Pascua.
    Para que nuestra fe sea contagiosa,
    pascual, vibrante y entusiasta.

    QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR

    Y que no dejemos de avanzar
    por los caminos de la vida
    dando a conocer lo que, tu presencia,
    aporta a nuestros días.
    Y que no dejemos de pregonar lo que,
    tu compañía,
    enriquece a nuestro caminar por la tierra.

    Oración: P. Javier Leoz
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  • Señor resucitado, dame tu perdón, y con tu perdón, la paz. Aumenta mi fe, para que viva sereno y confiado en mi vida cristiana. Tú eres fiel a tus promesas.

    Amén.


    Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
    vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve.

    A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva;
    a Ti suspiramos gimiendo y llorando,
    en este valle de lágrimas.

    Ea, pues, Señora nuestra,
    vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos;
    y después de este destierro muéstranos a Jesús,
    fruto bendito de tu vientre.

    ¡Oh clementísima, oh piadosa,
    oh dulce siempre Virgen María!

    Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
    para que seamos dignos de alcanzar las promesas
    de Nuestro Señor Jesucristo.

    Amén.
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  • ¡Hagamos miles de tiendas, Señor!


    -Una tienda cuyo techo sea el cielo que nos habla de tu presencia Señor.

    -Una tienda, sin puerta de entrada ni salida,
    para que siempre nos encuentres en vela, despiertos y contemplando tu rostro.

    -Una tienda en la que todos aprendamos que la CRUZ
    es condición necesaria e insoslayable en la fidelidad cristiana.

    -Una tienda que nos ayude a entender que aquí todos somos nómadas.
    Que no importa tanto el estar instalados cuanto estar siempre cayendo en la cuenta
    de que todo es fugaz y pasajero.

    -Una tienda, Señor, que nos proteja de las inclemencias
    de los fracasos y tumbos de nuestra vida cristiana.

    -Una tienda, Señor, que nos ayude a ESCUCHAR tu voz en el silencio del desierto.

    -Una tienda, Señor, por la que a través de su ventana contemplemos
    para salir rápidos los avatares del mundo

    -Una tienda, Señor, donde cuando amanezca escuchemos la voz de Dios
    que nos llama al trabajo, al llano, al compromiso activo y sufrido por tu reino.

    -Una tienda, Señor, donde permanentemente sintamos cómo se tambalea
    su débil estructura al soplo de tu voz: “Tú eres mi Hijo amado”.
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  • ¡APARTAME, SEÑOR!

    Quiero jugar en terreno limpio y sin piedra.
    Recorrer aquellos caminos que no conducen
    a peligro alguno.

    Disfrutar de aquellos valles que no sean excesivamente profundos.

    Más, Tú, Señor, con o sin mi permiso, te lo digo:
    ¡APARTAME, SEÑOR!

    No me dejes en la tentación de lo fácil
    No dejes que, mi vida, sea un trayecto de mínimos.

    No permitas que, ante las dificultades,
    me repliegue por cobardía,
    el qué dirán o vergüenza.

    ¡APARTAME, SEÑOR!

    Porque Tú lo sabes, aspiro a tener
    aunque mil veces te diga
    que lo importante es “ser”.

    Porque disfruto recibiendo más que ofreciendo.
    Porque, el ser perdonado, siempre me resulta
    más gratificante y hasta menos duro ante los ojos de los demás que, ir por ahí, yo perdonando.

    ¡APARTAME, SEÑOR!

    Llévame a un lugar
    donde pueda estar conmigo mismo.
    Donde Tú puedas habitar conmigo.

    En el que, cara a cara, puedas colocar a Dios
    con la misma fuerza,
    que Tú lo tienes clavado en tu corazón.

    ¡APARTAME, SEÑOR!

    Porque tengo miedo a dejarme llevar
    por la corriente del “todo vale”.

    Porque tengo miedo a perder de vista
    el horizonte la bandera de la Pascua ondea.

    Porque, simplemente Señor,
    pocos me hablan de Ti…
    y muchos dicen no conocerte.

    ¡APARTAME,
    Y LLEVAME A TI, SEÑOR!


    Oración: P. Javier Leoz
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  • Junto al Pecador,

    La tentación, nuevamente, ha triunfado. Un bautizado ha caído en el pecado. Siente pena por el mal cometido. Siente rabia porque le faltó firmeza. Siente dolor al constatar el daño causado sobre otros.

    El pecador necesita, íntimamente, encontrarse con la misericordia. Solo la certeza del amor de Cristo puede aliviarle. Solo el perdón puede superar su miseria.

    Lo sabemos: Cristo es el Buen Samaritano que está junto al pecador, que se detiene para limpiar sus heridas, que lo lleva sobre los hombros, que lo introduce en la posada de la Iglesia.

    Así han meditado algunos Padres de los primeros siglos la famosa parábola presentada por el Maestro (cf. Lc 10,30-37). El samaritano compasivo simboliza al mismo Jesús que busca al pecador herido.

    Cuando el pecado nos duele, cuando lloramos por nuestras faltas, cuando sufrimos al vernos tan vulnerables, podemos abrir los ojos interiores para descubrir, nuevamente, al Señor a nuestro lado.

    Su misericordia es capaz de borrar las manchas y devolver la limpieza del bautismo. Su Sangre limpia los pecados y regala vestiduras blancas a una multitud de redimidos (cf. Ap 7,14).

    La gracia sopla fuerte. Con lágrimas interiores lloramos nuestras faltas, porque hemos ofendido a Dios y a los hermanos. Decidimos acudir al sacramento de la confesión para acoger el perdón que Dios ofrece en su Iglesia.

    Nuevamente, ha vencido el Amor, porque Cristo está, hoy como siempre, junto a un pecador necesitado de misericordia y de esperanza.
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